Yo puedo soportar a un idiota, a un lastimero o a un envidioso con total normalidad. Sin embargo, me resulta imposible ser amable o educada con los cursis. La gente cursi me saca todas las ganas de vivir. Me agrede con sus frases hechas, con sus rituales llenos de parentela cariñosa, con sus adornitos y tarjetas alusivas, con sus poemas dedicados a la madre, con su colección señaladores y muñequitos. Los odio, me dan arcadas; no puedo evitarlo. Cada vez que un padre cursi lleva a sus hijos vestidos en tiradores y moñito a una fiesta quiero morir. Si escucho "personita especial" o "estamos embarazados" cruzo los dedos para que llegue pronto el fin del mundo. La cursilería debiera ser recono
cida como una patología, y los cursis —como buenos enfermos mentales que son — deberían estar encerrados en una institución llena de guirnaldas, duendes de la buena onda y adornos de goma Eva.